Días desmoronados por la ladera, alud estéril. Una sensación etérea, inconsistente, pero efímera a la vez. Cedes el paso y quedas tras la puerta giratoria que te devuelve al mismo punto sin llegar a entrar, en una inercia infinita que torna la escena. Vapuleado en tu otero reflexivo un olor a idea cuece en tu horno sin encender y humea una y otra vez sin que abras la tapa para salvarla, retenerla. Un suave caudal aflora liberando al patio a la chiquillería alborozada y te sume en un aula con olor a goma y tiza pero sin pizarra. Del estrado, ecos desconchan las paredes ya sabias y sus grietas perfilan el contorno de tu materia gris con grandes oquedades. Conoces la historia, algo ahí dentro se encarga de apuntarlo en tu agenda diaria y una voz en off lee para tu desesperación todas y cada una de las cosas que creías haber hecho ya. Creías.