Hay que sacar el surrealismo a pasear, que se airee un poco, que se desprenda de ti. Hay que evitar que los sucesos que te rodean sean el único surrealismo que te penetre y compensar desde tu interior. Dejar que tu amo te de la tarde libre y pasear por el Retiro a ver los títeres actuando de mimos, comer un barquillo de ideas que nada representan y dar de comer reflejos a las carpas de tres ojos mientras te comen las patatas de la mesa. El sonido crepitante de las hojas secas al pisarlas como ascuas que atizas y que crean ecos en los que te sumerges en apnea, tras oxigenarte de gritos lejanos y susurros densos de tu helado. Saluda a quien no conoces y baja la mirada ante el inquisitivo escupitajo de los marciales. Sonríe espacios arquitectónicos de tu alma, enfrentados en una armonía carente de puertas y con decorado minimalista. Y grítate una siesta de mil horas de sudor y baba.

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